Estaba tumbada en la cama, con el cuerpo húmedo de sudor, las manos le temblaban y aunque no era capaz de verse, estaba segura que tendría una fachada detestable. Pero ahí estaba él, mirándola con ojos dulces y preocupados, su rostro mostraba nostalgia por algo que anhelaba y que ella no tenía ni idea de qué podría ser. Y en un instante su mano había agarrado la cabeza de aquel hombre, arrastrándolo hacía ella. Su vestido se había desintegrado y notaba el peso del cuerpo de aquel hombre moviéndose sin cesar, frío como el hielo. La besaba en los labios, la mejilla, la nariz, el mentón, el cuello, los pechos. Volvió a subir y entonces un dolor puntiagudo penetró en ella. No podía gritar, mas si no era de placer, y entonces lo vio todo negro.
Una fuerte jaqueca le atornillaba la cabeza. Tenía los músculos de todo el cuerpo, doloridos, como si le hubieran dado la peor paliza del siglo, y el cuello le quemaba fervientemente. Ansiaba moverse, gritar, poder lamentarse de su dolor, pero estaba completamente paralizada. Entonces se dio cuenta de que no sentía nada más sino el dolor que la torturaba sin compasión. Pero no llegaba a comprender que era aquello que la mantenía inmóvil. ¿Cuerdas? ¿Fuertes brazos? No tenía ni idea de que sería, tan solo que tenía la sensación de que no le pertenecían ningún miembro de su cuerpo.
El cuello le seguía ardiendo, pero especialmente en la zona izquierda, aunque no sabría especificarlo. Georgiana intentó concentrarse en algo exterior a su dolor, algo que identificase donde se encontraba, y qué es lo que le había pasado, pero tan solo sentía dolor y más dolor. La cabeza le iba a explotar y su cuello no paraba de arder.
Su cuerpo empezó a temblar, el cuello ardía más y más, extendiéndose por el resto del cuerpo, proporcionando una sensación cálida y agradable en todas las zonas. Escuchaba como sus latidos sonaban fuertes, ágiles y rápidos, parecía que el corazón se le saldría del pecho. Intentó respirar profundamente para tranquilizar ese desasosiego interminable, pero no había aire que respirar. No sentía que sus pulmones se llenaran de aire y lo soltaran poco a poco. Ni ya tampoco sus músculos. Solo notaba, e incluso, escuchaba los latidos del violento corazón, brusco y desenfrenado.
El cuerpo estaba extremadamente caluroso, al contrario que el cuello, que se mantenía completamente frío. Parecía que estaba rodeada de fría y dura piedra. Esa sensación seguía repitiéndose por cada extremidad de su acalorado cuerpo, haciéndola sentir encerrada en duro y frío mármol. Siguió con los brazos, y el pecho, por la cintura… Como si la introdujeran en una estrechísima cámara de hielo. Una escultura moldeada a su cuerpo.
La sensación fría prosiguió por las caderas, los muslos, gemelos, tobillos y finalmente los pies. Se introducía en el hielo, cubriéndola dedo a dedo. Hasta llegar al meñique. Éste tardó varios segundos más, cambiando de temperatura radicalmente y transformándose en ardiente fuego.
Y como si fuese un breve soplido, el frío terminó por envolverla por completo. Su corazón continuaba latiendo fuerte y cabreado. Tan ruidoso que daba miedo. Desconocía que era lo que le estaba ocurriendo, pero imaginó que sería un castigo de Dios por tal acto con el señor Meryton, o duque de Deackerci.
Intentó concentrarse en cualquier otra cosa que la hiciera olvidar en su rítmico corazón violento. Pero era imposible, sus oídos no oían más que los latidos peleando. Su olfato no percibía más que el duro acero. La vista no veía absolutamente nada y el tacto era completamente imperceptible, a excepción de una rígida roca. El fuerte dolor, punzante, pasó de la cabeza al pecho frío. Y no sintió más que eso durante un largo período. Mucho frío.
Y en un instante dejó de sentir todo. Sus oídos no captaban nada, su nariz no olfateaba nada. Y sus oídos no escuchaban ningún sonido. ¿Eso era la muerte? De repente recordó todo lo que le había pasado. Se llamaba Georgiana Da Coppi. Hija de Lord Lawrence Da Coppi, hijo de un burgués francés, que había muerto con su madre en extrañas circunstancias. Vivía con sus tías y sus primos en un pueblo rico de Inglaterra. Tenía el pelo oscuro y largo, con bonitas ondulaciones. Sus ojos le recordaban al mar profundo de las aguas caribeñas que había surcado con su tío James. Y su cara presentaba unos pronunciados hoyuelos, tan pronunciados tanto como si estuviera sería o como si sonreía con sus mayores ganas.
Comprendió que el dolor había pasado. Había recuperado el olfato, el oído, el tacto. Aunque seguía sintiendo fría piedra a su alrededor. Entonces decidió enfrentarse a la vista. Abrió poco a poco los ojos.
Estaba en una habitación diferente. La cama en la que descansaba era más presidencial, con una colcha del color de la sangre. Con finas capaz ligeramente recaídas en los marcos que rodeaban la cama. Como si fuese un mosquitero. Era una habitación extensa y decorada con el mejor gusto, típico de un duque. Oh, claro. El duque de Deackerci. ¿Pero dónde se había metido? ¿Sabía él lo qué le había pasado?
Comenzó a incorporarse lentamente y feliz de que no sintiera ningún otro dolor punzante en ninguna parte de su cuerpo. Dirigió sus manos a la cabeza y se tocó el cabello suave y largo. Parecía haber crecido. Notó algo extraño en sí misma. Su piel estaba fría y lisa, como si la hubieran purificado. Agachó la cabeza para mirar la fachada que representaría y se le antojó de lo más inocente, recostada en la cama, con el vestido perfectamente colocado y tendido. Como una damisela en apuros, que habían salvado.
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